
Tanzania fue una de esas experiencias que te marcan. Está en la costa este de África y, si te gusta la naturaleza, los safaris y acabar en playas que parecen sacadas de una postal, este lugar es un sueño.
Nosotros hicimos una ruta bastante clásica, de esas que no fallan: empezamos metidos en un jeep cruzando la sabana, buscando leones, elefantes y jirafas en plena libertad. Es una sensación muy bestia verlos ahí, a pocos metros, en su hábitat. Nada que ver con un zoo o un documental, esto es real real.
Después de toda la aventura y el polvo de la ruta, cerramos el viaje en Zanzíbar, que es como el paraíso. Arena blanca, agua transparente, ritmazo africano y unos atardeceres que no se olvidan.
En nuestro caso, combinamos Tanzania con Kenia en un safari que tocaba lo mejor de los dos países. Pero si tienes unas dos semanas, tranquilamente puedes dedicarle el viaje completo a Tanzania. Lo más práctico es volar al aeropuerto internacional de Dar es Salaam, y de ahí ya empezar la aventura.
Un dato importante: si lo que buscas es ver muchos animales y que el clima acompañe, la mejor época para ir es entre mayo y octubre. En esa temporada no llueve casi nada, hace calorcito del bueno y es cuando más se dejan ver los bichos.
Serengeti.
Si me preguntan cuál fue uno de los momentos más épicos del viaje por Tanzania, sin dudarlo digo: hacer un safari en el Serengeti y dormir ahí, en medio de la nada. Imaginate estar rodeado de kilómetros y kilómetros de pura sabana, con el cielo abierto sobre tu cabeza y los sonidos de la naturaleza de fondo. Nada de wifi, nada de ciudad, solo tu, el campamento y África en su máxima expresión.
El Parque Nacional del Serengeti es enorme, estamos hablando de unos 15.000 km² de terreno salvaje donde todo puede pasar. Nosotros estuvimos un par de días recorriéndolo en jeep y una noche acampando ahí dentro, y fue una de esas experiencias que te desconectan de todo (y te conectan con todo al mismo tiempo, si me entendés).
Lo más impresionante, además de la cantidad de animales que ves, es saber que estás en uno de los lugares más vivos del planeta. Acá ocurre la famosa Gran Migración, donde millones de ñus, cebras y otros animales se lanzan a un viaje brutal para buscar comida en tierras más verdes, especialmente hacia el Masai Mara, que ya queda en Kenia. Y ojo, no es solo el viaje de los herbívoros esto también es el terreno de los grandes depredadores: leones, leopardos, y hasta cocodrilos que los esperan en los ríos. Es crudo, sí, pero también es la naturaleza tal cual es.
Algo que me marcó mucho del Serengeti fue el paisaje. Ya sé que uno va buscando animales, pero te juro que los atardeceres ahí son de otro planeta. La sabana se va tiñendo de naranja, las acacias solitarias se recortan en el horizonte y hay un silencio que te llena por dentro. Es como una postal en movimiento, y vos estás ahí, viéndolo en vivo.
Dormir en una tienda de campaña en medio de ese entorno también tiene su gracia. De noche escuchás ruidos,a veces muy cerca y es inevitable pensar: «¿Y si eso fue un león?» Pero la verdad es que esa adrenalina te hace sentir vivo. Y no, no estás solo, hay guías, hay seguridad, pero igual, dormir en el Serengeti no es algo que se olvida fácil.
Así que si estás pensando en ir a Tanzania y te preguntas si vale la pena hacer safari y pasar la noche en el Serengeti, no lo dudes. Es una experiencia que te cambia el chip. Te hace ver el mundo distinto.
Para visitar este parque es también recomendable alquilar un coche con conductor con una agencia local en Arusha o reservar un safari de 6 días o este otro de 8 días, los dos van acompañados de guía en español y con una agencia de confianza.

Cráter del Ngorongoro.
De todos los sitios que visitamos en Tanzania, hay uno que se quedó grabado en mi cabeza para siempre: el cráter del Ngorongoro. Es de esos lugares que te dejan sin palabras desde que llegás. No es solo una reserva más esto es una caldera volcánica gigantesca, rollo película, rodeada de paredes naturales enormes que parecen proteger todo lo que pasa dentro. Literalmente parece otro planeta.
Cuando entrás ahí abajo, es como meterte en un mundo aparte. Son unos 20 kilómetros de diámetro, y todo ese espacio está lleno de vida. Hay distintos paisajes dentro del mismo cráter: zonas más verdes, otras secas, lagunas ¡una locura! Pero lo mejor de todo es la cantidad de animales que ves en tan poco tiempo. Nosotros pudimos ver a los famosos Big Five el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el rinoceronte negro (que está en peligro de extinción, por cierto). Y no solo eso, también había ñus, cebras, hienas, un par de chacales, y hasta perros salvajes que son bastante difíciles de ver.
Lo que más me flasheó fue que los animales no están enjaulados ni nada, viven libres, como debe ser. Vas con tu guía en el jeep y de repente estás frente a un elefante enorme, tranquilo, comiendo hierba como si nada. Ahí es cuando te das cuenta de lo brutal que es la naturaleza cuando no la molestamos.
Si pueden, les recomiendo dedicarle todo un día al Ngorongoro. No es un lugar para ir a las corridas. Cada rincón tiene algo y los paisajes van cambiando mientras lo recorrés. Y si andás con algo más de tiempo (y te pica la curiosidad por la historia), cerca de ahí está la famosa Garganta de Olduvai, en pleno Valle del Rift. Ese lugar es una bomba para los fans de la evolución humana, porque ahí se encontraron restos de los primeros homínidos. Es como estar parado en uno de los puntos donde empezó todo.
Así que sí, Ngorongoro fue sin dudas uno de mis lugares favoritos de todo el viaje. Es de esos sitios que te hacen sentir pequeño, pero en el buen sentido. Como si la Tierra te estuviera contando un pedacito de su historia mientras vos estás ahí, con los ojos bien abiertos y la boca medio abierta también.

Parque Nacional del Lago Manyara.
Después de la locura del Serengeti y el cráter del Ngorongoro, nos fuimos a un lugar que, aunque más pequeño, tiene un rollo completamente distinto y súper especial: el Parque Nacional del Lago Manyara. Es de esos sitios que tal vez no suenan tanto cuando empezás a armar tu ruta por Tanzania, pero que terminan siendo una sorpresa enorme.
El parque no es muy grande, y eso es justamente lo que lo hace único. En un espacio bastante compacto tenés una mezcla de paisajes que parece imposible: bosques verdes, zonas de pantanos, praderas abiertas, árboles gigantes de acacia y hasta los míticos baobabs. Cada rincón cambia totalmente de uno a otro, y eso lo hace súper dinámico de recorrer.
Una de las cosas que más me llamó la atención del Lago Manyara fue la cantidad de vida que hay ahí metida. En serio, es una explosión de fauna y flora que no te esperás para nada. Te cruzás con un montón de aves literal, miles entre ellas cigüeñas, marabúes, y los infaltables flamencos rosas que se agrupan en el lago dándole un color de otro mundo.
Y si te va más lo terrestre, preparate. Este parque es famoso por tener leones trepadores de árboles, sí, leones trepadores. No es lo más común ver eso, pero si tenés un poco de suerte y buen guía, podés verlos descansando en las ramas como si fueran gatos gigantes. También vimos un par de jirafas súper elegantes caminando entre los árboles, elefantes que aparecían de la nada, y un grupo enorme de babuinos que estaban haciendo de las suyas al costado del camino (spoiler: no son nada tímidos).
En un mismo paseo podés encontrarte con hipopótamos semiocultos en el agua, algún rinoceronte si estás con suerte, mandriles y los llamados cobos de agua, que son como una especie de antílope pero con un aire muy particular. Todo eso en un parque que podés recorrer tranquilo en medio día o un poco más si querés tomártelo con calma.
Manyara no tiene la fama del Serengeti, pero justamente por eso tiene ese encanto más relajado. Menos gente, más tranquilo, y con una biodiversidad increíble. Fue una de esas paradas que no teníamos en lo más alto del ranking al planear el viaje, pero que terminó siendo uno de esos tesoros escondidos que te dan ganas de recomendar sí o sí.
Si están armando una ruta por Tanzania, no lo dejen afuera. Es una joyita escondida que merece su espacio.

Parque Nacional de Tarangire.
Muy cerquita del Lago Manyara, a solo un par de horas en coche, llegamos al que fue otra de las paradas clave de nuestra ruta por Tanzania: el Parque Nacional de Tarangire. Es el sexto más grande del país, y aunque al principio no sabíamos muy bien qué esperar, terminó siendo uno de los lugares que más nos sorprendió del viaje.
Lo primero que llama la atención al entrar es el paisaje. Es muy distinto a lo que habíamos visto hasta ese momento. Acá los grandes protagonistas son los baobabs, esos árboles gigantescos y súper fotogénicos que parecen salidos de un cuento. Algunos llegan a medir hasta 30 metros de altura, y cuando estás parado al lado de uno, te sentís mínimo. Son como monumentos naturales, con una energía muy especial.
Pero Tarangire no es solo árboles imponentes. Lo más impresionante es la cantidad de elefantes que podés ver. En serio, es el parque con más densidad de elefantes de Tanzania. Vimos manadas enteras familias completas caminando juntas, bañándose en el río, y hasta interactuando entre ellos. Fue hermoso verlos tan tranquilos, haciendo su vida, como si ni se dieran cuenta de nuestra presencia.
Y hablando del río, el río Tarangire es clave. Atraviesa todo el parque y se convierte en el corazón del ecosistema, sobre todo en la época seca. Cuando el resto del paisaje se empieza a secar, el río sigue corriendo, así que todos los animales terminan acercándose ahí para beber agua. Y claro, eso significa que también llegan los grandes depredadores: leones, leopardos, guepardos, todos atentos, esperando su momento.
Ese contraste entre vida salvaje y paisajes tranquilos es lo que hace que Tarangire tenga una vibra muy especial. No es el parque más famoso ni el más visitado, y eso le suma un montón. Sentís que estás en un lugar más auténtico, menos saturado, donde todo fluye con su propio ritmo.
Nosotros lo recorrimos en un día y nos dio tiempo de ver de todo, pero si tenés más tiempo, vale mucho la pena quedarse una noche en alguno de los campamentos dentro del parque. Dormir rodeado de naturaleza, sin luces de ciudad ni ruidos humanos, es una experiencia brutal.
Así que si estás armando tu viaje por Tanzania y querés ver algo más allá del típico safari, Tarangire es parada obligada. Tiene algo único, y te deja esa sensación de haber conectado con un pedacito muy especial de África.

Subir al Kilimanjaro, imprescindible actividad.
ubir al Kilimanjaro, con sus 5.895 metros de altura, es de esas aventuras que no se olvidan. Es la montaña más alta del continente africano y uno de esos lugares que impone, incluso desde lejos. Lo loco es que está completamente aislado, así que te lo encontrás ahí, en medio de la nada, con su cima nevada y rodeado de paisajes que van cambiando a medida que subís: desde bosques húmedos hasta zonas casi lunares.
El Kili (como le dicen por allá) está formado por tres antiguos cráteres: Kibo, Mawenzi y Shira. Y aunque ya no están activos, la montaña sigue teniendo esa energía volcánica que se siente en el ambiente. Eso sí, los glaciares que cubren la cima van desapareciendo poco a poco por culpa del cambio climático, así que si estás pensando en subir, hacelo pronto.
Si estás en buena forma física y estás acostumbrado a la altura, podés llegar hasta la cima en unos 5 a 7 días, dependiendo de la ruta que elijas. Las más populares y con más servicios son la Machame y la Marangu. Lo bueno es que no tenés que armar todo por tu cuenta: hay un montón de agencias locales en Arusha que te organizan todo, y si querés ir más cómodo y con guía que hable español, podés reservar esta ruta de 7 días o esta más completa de 10 días.
Ahora, si lo tuyo no es tanto subir hasta la cumbre o simplemente no tenés tantos días disponibles, igual hay opciones para vivir un poco la experiencia del Kili. Una buena alternativa es hacer una caminata más corta, sin tanta exigencia, hasta el primer campamento. En ese caso, podés reservar esta ruta de senderismo de un día que te lleva hasta Mandara, a unos 2.740 metros. Vas a tener vistas increíbles y ese primer contacto con la montaña sin necesidad de llegar hasta arriba del todo.

Dar es Salaam, ciudad que ver en Tanzania.
Dar es Salaam no será la ciudad más linda del mundo, pero pasar al menos un día ahí tiene su encanto. Es enorme, caótica y llena de contrastes. Entre el mar del Índico, los restos de arquitectura colonial, y toda la mezcla cultural que se respira, es un lugar que sorprende si lo recorrés con calma.
A mí me encantó perderme por los mercados de Kivukoni y Kariakoo, donde el ritmo es una locura y encontrás de todo. También vale la pena pasar por Coco Beach para ver el lado más local de la ciudad.
Pero lo que realmente recomiendo es el tour en barco a la isla de Bongoyo. Está súper cerca y tiene playas de arena blanca y agua turquesa que parecen sacadas de Zanzíbar. Ideal para relajarte un rato antes de seguir la ruta.

Zanzíbar.
Para cerrar esta lista de imprescindibles en Tanzania, no puede faltar una visita al archipiélago de Zanzíbar, que está a solo 30 kilómetros de Dar es Salaam. Podés llegar en barco o avión, y una vez en la capital, Stone Town, te recomiendo alquilar un coche para moverte con libertad.
Pasar entre 4 o 5 días en Zanzíbar es ideal para relajarte en sus playas paradisíacas y disfrutar de deportes acuáticos como snorkel o submarinismo, ya que su fondo marino es increíble.
Algunos de los principales atractivos que no te podés perder son el centro histórico de Stone Town, el Bosque Jozani, la Reserva Marina de Mnemba, y las playas más famosas como Jambiani, Kizimkazi, Kendwa y Nungwi.
